viernes, 4 de noviembre de 2016

5º PARTE

Mei Lan le siguió sin pronunciar palabra alguna, esperando a escuchar lo que tenía que decir.

- ¿Qué piensas hacer después de que te vaya? -dijo el anciano.

- Todavía no lo he decidido - respondió la chica mirando al suelo.

- ¿Por qué no intentas buscar a tus padres? - preguntó con seriedad. 
  
- No tiene caso buscar a quien fue capaz de abandonar a su propia hija - expresó con mirada llena de odio.   

- Puede que hayan tenido sus razones - intentó tranquilizarla.
- Tú misma dijiste que no sabías lo que ibas a hacer, ¿por qué no te planteas esta idea? - prosiguió diciendo.   

- ¿Pero cómo voy a encontrar a alguien que nunca he visto? - le preguntó con sarcasmo.

Al escuchar esto, el anciano se precipitó en abrir la puerta de su estantería y sacó una caja.

- No sé si esto te servirá de algo - dijo.

- ¿Qué es? - preguntó Mei Lan.

- Ábrelo, te pertenece - expresó el encargado con una sonrisa.


La muchacha abrió la caja y contempló lo que había dentro: 
Resultado de imagen de orquidea bordada
  • una carta
  • una sábana con manchas rojas
  • un pañuelo blanco bien doblado 




- Seguramente hay alguien que reconozca estos objetos, solo tienes que saber a quién preguntar - exclamó 
- ¡Ah! casi se me olvida contarte una cosa, puede que sea una pista muy importante - dijo el hombre.
- Hace exactamente 16 años, es decir, el día en el que te encontramos, al ver la sangre que tenía la sábana, me asusté así que empecé a preguntar si alguien había visto algo, pero ningún adulto lo vio. Y cuando estábamos desayunando, un niño que estaba aquí mencionó algo que me llamó la atención.

- ¿Qué dijo? - interrumpió al abuelo con curiosidad.

El abuelo la miró fijamente a los ojos y siguió contando lo que había pasado.

- Al parecer, el niño había tenido una pesadilla esa noche , así que salió a tomar algo de aire.
Fue entonces cuando vio la figura de una mujer joven dejando una cesta frente a la puerta.

- ¿Y vio cómo era? - volvió a interrumpir, esta vez con mayor intriga.

- No logró ver el rostro ya que estaba oscuro, pero la vela que ponemos siempre al lado del portón en el suelo le permitió ver sus manos. El chico se asustó un poco al verlas por lo que dejó caer su almohada y regresó a la habitación.
Yo le pregunté por qué se asustó y él me contestó que tenía una mano llena de quemaduras.

Al oir esto, la muchacha se preguntó la razón de aquellas quemaduras.


CONTINUARÁ

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